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Padres divorciados

Padres divorciados

Las figuras más importantes para los niños y niñas son sus padres: lo que les ocurra repercutirá inevitablemente en su desarrollo. Pero los adultos pocas veces se dan cuenta, y menos si la familia vive en una constante pelea o en un proceso de divorcio. Es común que estén más preocupados y ocupados por obtener el máximo posible de pensión y/o por salvar lo más que puedan de sus bienes. En esa dinámica los hijos y sus necesidades se vuelven invisibles, y si los ven, es porque forman parte del botín o el arma con la que sus padres buscan conseguir sus objetivos.

En la mayoría de los casos, la afectación psicológica y a veces física que sufren los menores de edad no se atiende y, en esas circunstancias, existe el riesgo de que lleguen a la edad adulta con muchos conflictos y altas probabilidades de repetir la historia, aseguran los expertos.

De hecho, señala Juan Martín Pérez García, director de la Red por los Derechos de la Infancia (Redim), la dificultad que en la actualidad tienen jóvenes y adultos para establecer vínculos emocionales sólidos tiene una larga historia y se debe, en parte, a los cambios que ha experimentado la sociedad, como un mayor número de divorcios o la diversidad de las familias. Estos fenómenos carecen del acompañamiento del Estado para comprender la nueva realidad y evitar los perjuicios a los miembros de la familia, principalmente los hijos menores de edad.

Aunque el tema del divorcio es hoy más frecuente y ya no tiene el estigma ni el peso cultural de hace años, cuando para algunos era algo impensable en un matrimonio, sigue siendo un problema social, un fracaso que, en la mayoría de las ocasiones, no se maneja en forma adecuada, afirma José Ángel Aguilar Gil, especialista en psicoterapia psicoanálitica y sexual.

El especialista, director de la Red Democracia y Sexualidad (Demysex), señala que la mayoría de las personas lo arregla como puede y, generalmente, el divorcio va ligado a problemas; los más graves son los que afectan a los niños. 

Advierte que el mayor conflicto puede, incluso, no ser la separación de los padres, sino todo lo que hubo antes y después, es decir, las peleas que, por lo general, involucran a los hijos por el pago de colegiaturas no realizado a tiempo, o por las acusaciones mutuas para responsabilizar al otro(a) del mal comportamiento de los niños.

Sólo algunos de los pequeños dan señales claras del daño que les provocan los pleitos y la separación de sus padres. Los detectan los profesores en la escuela por su bajo rendimiento escolar, la rebeldía hacia las autoridades o por la tristeza que los invade, pues se aislan de los demás y eso los vuelve presa fácil de las agresiones de sus compañeros.

Las afectaciones que pueden presentar dependen de la edad de los chicos. También está la inmadurez emocional y psicológica, algunas regresiones en, por ejemplo, el control de esfínteres.

En la adolescencia se incrementa el riesgo de que la impulsividad natural que caracteriza a este sector se acreciente y los lleve a situaciones de riesgo, como rodearse de amistades poco convenientes y de ahí al consumo de drogas, las infecciones de transmisión sexual y los embarazos no deseados.

Para muchos jóvenes que viven una situación familiar complicada es mejor existir y ser visible por algo negativo que por algo positivo. Además, es más fácil destacar en la escuela por ser el que pega, el que no trae las tareas o el que consume alguna sustancia. El costo emocional es alto, pero es la forma que tienen de lograr la atención, explica Pérez García.

En otros casos, la situación de estrés en la casa se refleja en enfermedades físicas y mentales como ansiedad, se vuelven obsesivos o presentan trastornos de la alimentación que los pueden llevar a la anorexia, bulimia u obesidad.

Estas son algunas de las manifestaciones frecuentes del problema que se animan a enfrentar, en principio, las familias que cuentan con una solvencia económica suficiente para pagar una terapia psicológica y, además, reconocen y aceptan que la situación que viven los menores es consecuencia de sus acciones en el hogar.

Seis de cada diez consultas en este servicio son de niños cuyos padres se están divorciando o ya lo han hecho pero siguen en constante pelea.

En la consulta de apoyo psicológico, lo que más impacta, explica la especialista Claudia Sotelo Arias, directora del Centro de Especialización en Estudios Sicológicos de la Infancia (Ceepi), es la falta de conciencia de los padres de que son ellos los causantes de la situación que viven sus hijos. Algunos de plano niegan tal posibilidad y no regresan más.

La solución no es sencilla, pero sí posible, dice la terapeuta del CEEPI Vanesa Echandi. Implica, primero, comprender que los problemas de adultos se deben arreglar entre adultos y no involucrar a los niños; que deben conciliar para arreglar sus diferencias y, lo más importante, convencer a sus hijos, mediante la palabra y la acción, que ellos no son los culpables del divorcio, que la familia vive una situación dura en la que todos la pasan mal, pero van a salir adelante y que ellos –los niños– seguirán siendo sus hijos y los querrán siempre.

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